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REPORTAJES METROPOLITANOS

SABADO DE GLORIA, TRADICION DISTORCIONADA

SABADO DE GLORIA, TRADICION DISTORCIONADA
 

* En los 60 el Vaticano

  Decreto su Extinción  

 Por MANUEL MAGAÑA CONTRERAS

Poco antes de las diez de la mañana –cuenta Antonio García Cubas, en su obra, “El Libro de mis Recuerdos”--, el sonoro repique de la Catedral y los estampidos de la artillería avisaban a la población que el oficiante de la hermosa basílica había entonado el “gloria in Excelsis Deo”, para anunciar la resurrección gloriosa del Señor.
Tiempos aquéllos de mediados del Siglo XIX cuando ni por asomo se pensaba que en la década de los 60, del siglo XX, el Concilio Vaticano II decretara la extinción de esa tradición tan arraigada en el pueblo creyente de México, de cuya existencia muy poco se conserva en las nuevas generaciones.
El cronista añade: “en esos momentos, la expansión de alegría que estallaba en la población no reconocía límites.  A los repiques de la Catedral Metropolitana contestaban los de otros templos de la ciudad, y a los estallidos de cañón de los truenos de los judas que ardían en casi todas las calles de la ciudad, enarbolándose el pabellón que entonces había permanecido a media asta en los edificios del gobierno nacional y en la Catedral.
Las plazas y las calles instantáneamente se veían recorridas por los enflorados carros y mulas del pulque que hacían su entrada triunfal; las bandas de los cuerpos partían de la plaza y se dispersaban por diversas calles aturdiendo a los vecinos con sus alegres dianas y las esquinas los muchachos con largas cuerdas, prevenidos, echabanle manganas a los perros que corrían despavoridamente a causa de los truenos  y hacianales  dar dos o tres saltos mortales por el aire.
Debe decirse que algunas veces, esos pobres animales corrían desaforadamente, asustados por una lata de sardina amarrada de la cola. La algarabía de los muchachos en los lugares donde se quemaban los judas.  Disputándose el armazón de estos aumentaba el barullo del momento y causaba la hilaridad de miles de espectadores que miraban desde puertas y balcones de las casas.
Más certeramente dicho, fue el Papa Pío XII después de terminada la Segunda Guerra Mundial, cuando determinó que ya no se evocará el Sábado de Gloria, ya que se preparaba una nueva liturgia en la que quedaba eliminada esa fecha, para trasladarla al Domingo de Resurrección.
Peinamos canas quienes recordamos aún lo ya desaparecidos Sábados de Gloria, Y, tal como lo narra García Cubas, pudimos pues presenciar escenas como la siguiente: “muy de mañana andaban los juderos y particularmente los de las matracas ofreciendo su mercancía a precio vil.
Las tocinerías, pulquerías y vinaterías, tenían sus puertas entornadas, pudiendo observarse a favor de esta circunstancia en el interior de las casas.
La quema de los judas se realizaba alegremente.  La gente pobre disfrutaba del momento, porque generosos comerciantes colocaban jamones, latas con productos del mar, ropa, calzado, carnes diversas y un sin fin  de regalos que “soltaban” los “judas”, mientras eran víctimas de cabriolas por el impulso de los cohetes que los hacían girar velocidades vertiginosas.
Una de las panaderías donde se concentraba gran parte de la población fue “La Vasconia”, en Palma y Tacaba, del Centro Histórico de la ciudad de México, a cuyos judas se les ponía gran cantidad de pan.
García Cubas recuerda que las pulquerías tenían las tinas pintadas de nuevo por afuera y fregadas por dentro, listas para recibir el blanco, cuyo bautismo no tenía verificativo, como hoy en la “Ciudad de los Palacios”, sino en los pozos de Guadalupe Zocoalco y Santa Cruz Cuautitla; lavados estaban el mostrador y los aparadores, en los que lucían vasos enormes de vidrio, manojos de apio y cerros de tuna colorada, “para curar el pulque” tan pronto como fuese recibido, las paredes enfloradas y adornadas con picados papeles de colores y las puertas con enramadas, para recibir a la clientela, adecuadamente.
En Sábados de Gloria, la gente de mejor posición social, los parroquianos tomaban sus copitas en las pastelerías francesas como la de Plaisant, en Plateros, mientras que en la llamada  Gran Sociedad y Bella Unión, los panaderos, carniceros, sastres, etcétera participaban activamente en las singulares celebraciones.
“La Plaza de Santo Domingo, recuerda García Cubas, adquiría en Sábado de Gloria el mismo aspecto de la Plaza Principal en días anteriores, y en ella encontraban su ultimo refugio los mamoneros, así como las expendedoras de cacao en el portal, celebre por dar abrigo desde tiempo inmemorial a los evangelistas.
La costumbre popular de bañarse y jalar de las orejas a la gente chaparrita para que creciera, constituía otro de los ingredientes de buen humor de los capitalinos.

 
    
   
 
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